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Testigos del fin de la naturaleza

Nada mejor para arrancar este rincón dedicado a lo que queda de natural en el mundo que recuperar este texto antiguo. Cuando en diciembre de 2009 murió el antropólogo francés Claude Lévi Strauss, publiqué este artículo en el suplemento NATURA del diario El Mundo. En él hablaba sobre quienes como él  habían recorrido el planeta justo antes de que la industrialización arrasara las últimas tierras vírgenes. Uno de aquellos exploradores fue el ruso Vladimir Arseniev, quien en el extremo de Siberia conoció al cazador Dersu Uzala, un personaje real sobre el que más tarde Akira Kurosawa rodaría la conocida película.

Dersuuzala

Ha muerto Claude Lévi-Strauss. Tenía 101 años y era uno de los grandes intelectuales del siglo XX. Se le recuerda como padre de la antropología moderna e impulsor del enfoque estructuralista en las ciencias sociales, pero pocos mencionan que fue un ecologista pionero. En su Francia natal sí lo han recordado así. Philippe Descola, su sucesor en el laboratorio de Antropología Social del Collège de France, decía tras su muerte: «Fue el precursor de los conceptos modernos de biodiversidad y de diversidad cultural. Su reflexión moral tiene dos direcciones. Una crítica del etnocentrismo y una preocupación por la destrucción de la diversidad biológica».

Para entenderlo hay que leer Tristes  trópicos (1955). Una obra inclasificable, un libro de viajes cuya primera frase es «Odio los viajes y los exploradores», y en la que Lévi-Strauss (1908-2009) narra sus 20 años de trabajo antropológico en Brasil, adonde llegó en los años 30. Recorrió miles de kilómetros en trayectos de meses por lugares inexplorados. Convivió con los caduveo, los bororo, los nambikwara y los tupí-kawaíb y pudo ver cómo su objeto de estudio, las sociedades indígenas, desaparecía al mismo tiempo que lo hacían sus tierras bajo las máquinas de los colonos.

Tristes trópicos es la obra de un pensador inmenso, un libro-biblioteca en el que cabe toda la condición humana y que, aunque está impregnado de una melancolía de la pérdida, está lleno también de admiración ante la belleza natural: «La selva amazónica parece un nuevo mundo planetario, tan rico como el nuestro, al cual hubiera reemplazado»; y también de críticas ante la fealdad destructora: «Como un animal senescente, cuyo caparazón se espesa […] y no permite respirar a la epidermis, la mayor parte de los países europeos deja que sus costas se obstruyan con villas, hoteles y casinos […] las playas, donde el mar nos entregaba los frutos de una agitación milenaria, bajo el pisoteo de las muchedumbres sólo sirven para la disposición y exposición de los desperdicios».

¡Era 1955! ¿Qué pensaría hoy?

En  Tristes trópicos hay opiniones sobre todos los temas pero no hay que olvidar que es, antes que nada, la obra de un antropólogo. Lévi-Strauss empieza a exponer en ese libro su teoría sobre «el pensamiento salvaje» y viene a decir que sus estructuras no difieren del ‘pensamiento’ ‘civilizado’. Los esquemas que utilizamos los supuestos seres racionales y modernos están presentes de otras maneras en el llamado pensamiento salvaje. No somos distintos. Además, ellos conocen muy bien su propio mundo y saben vivir en él mejor que nosotros.

Una admiración similar por el pensamiento salvaje es la que experimentó Vladimir K. Arseniev (1872-1930) cuando recorrió Siberia a principios del siglo XX. Capitán del Ejército ruso, geógrafo y explorador, rindió homenaje al guía que le acompañó en sus expediciones cartográficas para los zares. La mayor parte del público conoce la obra de Arseniev por la película  Dersu Uzala (1975). No todos saben, sin embargo, que Dersu Uzala existió de verdad.

Era un cazador de la etnia gold contratado para recorrer las montañas de Sijoté-Alín, entre Rusia, China y Corea. Quienes se hayan emocionado con el filme de Akira Kurosawa lo harán aún más con los diarios de Arseniev (Dersu Uzala, En las montañas de la Sijoté-Alín), publicados en los años 20 y 30, pese a que los hechos narrados arrancan en 1900. En aquellos viajes, los duros cosacos se convierten en tímidos conejillos enfrentados al recio ambiente de la taiga. Salvan la vida gracias al sabio cazador, que lee e interpreta los más mínimos indicios en la naturaleza que los rodea.

En su mentalidad animista, todo tiene personalidad, desde la piedra al animal, y con todo se comunica. Y ese mundo de relaciones tan amplio implica una ética, una forma de solidaridad con todo lo salvaje y lo humano, incluso aquello que no se conoce. Arseniev se rinde ante Dersu, pero el ruso también descubre que Dersu y su mundo están desapareciendo por culpa de él mismo. Los trenes, los leñadores, los colonos y sus ciudades borran lo salvaje. El destino del entrañable cazador gold es el mismo que el de la taiga: perderse.

Esto es lo que escribe Arseniev cuando vuelve tiempo después a un rincón especial para él: «No reconocí más el lugar; todo había cambiado. Una colonia entera se había creado cerca de la estación, donde se habían empezado a explotar canteras de granito, a abatir el bosque, y se desbastaban traviesas para construir la vía férrea […] los dos grandes árboles habían desaparecido, reemplazados por rutas, terraplenes y excavaciones de fecha reciente».

Arseniev participó del proceso colonizador de Siberia, un  Lejano Oriente donde entonces ocurría lo mismo que en el Lejano Oeste de las películas. La conquista de ese Far West americano tuvo testigos de excepción como John Muir (1838-1914). Él mismo fue un granjero llegado a Wisconsin desde Escocia cuando era niño. Después se convirtió en un viajero, pensador y escritor extraordinario. Sus caminatas por un país salvaje con una manta y un poco de pan como todo equipaje le llevaron a dar la voz de alarma sobre el destrozo que los colonos estaban produciendo en la salvaje América.

Gracias a Muir se crearon parques nacionales como Yosemite o Sequoia. Hoy, esos paisajes ante los que nos extasiamos son un vestigio: sólo un 3% de los bosques de secuoyas siguen en pie, y la mayor parte gracias a Muir. Se ganó tanto respeto con sus líricas descripciones de la naturaleza y con sus estudios científicos que Ralph Waldo Emerson o Theodore Roosevelt viajaron desde el Este para encontrarlo en las montañas de California. Era un referente ético por su austeridad y su sensibilidad y, como un moderno Diógenes deambulante, hizo que los grandes hombres fueran a buscarle allá donde se encontrara.

Junto a H. D. Thoreau (1817-1862) con su Walden o la vida en los bosques y Aldo Leopold (1887-1948) con A sand county almanac John Muir forma la punta de lanza del primer pensamiento conservacionista, un ecologismo inicial de grandes intelectuales que despertaron a las ideas de protección de los paisajes al contemplar en directo el trastocamiento de una naturaleza americana que conocieron aún virgen.

Cambiando de continente, otro escocés curtido por una infancia campesina nos dejó un testimonio tremendo de lo que ocurrió en África. Se llamaba John Hunter (1887-1963) y llegó a Nairobi en 1905, a los 18 años. Su oficio fue el de cazador, primero para ganarse la vida con el marfil y las pieles y, después, a sueldo del gobierno colonial para eliminar la fauna problemática.

En Cazador blanco, uno de sus libros de memorias, escribe: «Cuando llegué por primera vez a Kenia la caza cubría las llanuras hasta donde alcanzaba la vista. Cacé leones en lugares donde ahora se alzan ciudades y disparé contra los elefantes desde la locomotora del primer ferrocarril que cruzó el país. En el espacio de la vida de un hombre he visto cómo la selva se convertía en tierras de cultivo y tribus enteras de caníbales pasaban a ser obreros de fábrica. […] Los hechos que presencié no volverán a suceder jamás. […] Serán muy pocos los que podrán aún decir que pisan tierras jamás holladas por el hombre blanco. No, la vieja África pertenece ya al pasado, y yo vi como desaparecía».

Levi-Strauss, Arseniev, Muir y Hunter vivieron experiencias paralelas. Antecesores suyos como Darwin, Humboldt, Fernández de Oviedo o Gaspar de Carvajal describieron la naturaleza con sensación de maravilla, pero nunca con preocupación. Aún el mundo era grande y los hombres, pocos.

Fue a medida que avanzó el XIX y el comienzo del XX que la presión humana llegó más lejos y más intensamente. Hay más ejemplos. En la misma época en la que el antropólogo francés estaba en Brasil, un botánico de Harvard, Richard Evans Schultes (1915-2001), estudiaba los usos que los indios daban a las plantas en América. Un discípulo suyo, Wade Davis, ha dejado en El río una reflexión impactante sobre los bosques andinos: «Es algo en lo que debemos pensar. Somos tanto la primera como tal vez la última generación de botánicos que tiene la oportunidad de explorar estos bosques», escribe.

Hasta ahora hemos visto lo que pasaba en la transición del XIX al XX en América, África y Asia. ¿Dónde está Europa? Es difícil encontrar textos parecidos por una razón: ya no había grandes espacios que destruir en ese entonces. Eso había ocurrido hace tiempo. Y hubo quienes lo contaron miles de años atrás. Hablando sobre la región del Ática, Platón afirma en Critias: «Lo que ahora permanece, comparado con lo que hubo, es como el esqueleto de un hombre enfermo […] hay montañas que ahora no tienen más que comida para las abejas, pero que tenían árboles hace no mucho […] y estaban enriquecidas por las lluvias de Zeus, que ahora caen sobre la tierra desnuda para perderse en el mar, cuando antes el suelo era profundo y la retenía…». En realidad, la historia clásica está llena de relatos como éste. Hasta El poema de Gilgamesh, el más antiguo relato escrito de la Humanidad, narra la profanación de un bosque sagrado.

De hecho, algunos autores han sido capaces de escribir una historia universal desde el enfoque ambiental. Así lo han hecho el británico Clive Ponting en A new green history of the world y el estadounidense John F. Richards en The unending frontier, ésta centrada sólo a partir del año 1500. Jared Diamond, en Colapso,  ha seguido algunos argumentos de Clive Ponting para estudiar el auge y caída de las civilizaciones en función del manejo que hicieron de su medio ambiente. Versiones más reducidas y divulgativas son El elefante en la cacharrería de Robert Barbault y Ecocidio de Franz Broswimmer. Esta última extiende las pesquisas hasta el mismo final de la última glaciación, cuando los primeros humanos dieron la puntilla a la gran fauna del Pleistoceno.

Leer estas obras, o disfrutar de la exquisita sensibilidad de Muir, Arseniev, Lévi-Strauss o Hunter ayuda a entender quiénes somos y de dónde venimos. Y nos hace comprender hasta qué punto hemos disminuido el mundo en el que vivimos. Los retazos salvajes que restan, como los parques de África, ya le parecían a Hunter un despojo. Hablando del momento actual, puede decirse que si quedaba una frontera era la de las latitudes boreales. Y ya no existe. Barry López ha contado en Sueños árticos (1986) el momento en el que la industria y el calentamiento global empezaban a deformarlo.

Cuando Muir recorría California la humanidad tenía 1.000 millones de personas. Ahora somos 7.000 y en 2050 llegaremos a 9.000. Lo que nos jugamos ahora, en cumbres como la de Copenhague, que pretende conjurar un mal global como el del cambio climático, es saber en qué mundo vamos a vivir. Uno en el que aún quede un vestigio de naturaleza virgen, esa misma de la que fuimos parte y que es nuestra esencia espiritual, o un mundo empobrecido, modelado a nuestra imagen, vacío y muerto como una estación espacial y en el que los futuros humanos sueñen con ovejas eléctricas.